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Samaín: los fascinantes orígenes de Halloween

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El otoño está aquí…

Las hojas tiemblan y las ramas se desprenden, formando en el suelo un manto marrón y anaranjado. El viento fresco de octubre parece murmurar sortilegios. Y, en la oscuridad, se escucharía hasta los lamentos de los fantasmas o las risas de las brujas…

Desde hace varios siglos pequeños y grandes se reúnen, cada año, para celebrar Halloween. Con motivo de esta fiesta anglosajona, se adorna la casa con calabazas talladas en espeluznantes farolillos, se disfraza y sale a la búsqueda de caramelos de los vecinos. ¡Otros aprovechan para pensar en sus difuntos, practicar rituales de magia blanca o simplemente ver una buena película de terror!

Sí, las maneras de celebrar Halloween son muchas y variadas. Tú que lees estas líneas, quizás ya lo celebras con familia o amigos.

¿Pero conoces las raíces de esta fiesta popular?

Si consideras Halloween como una simple fiesta comercial importada de Estados Unidos, podrías sorprenderte por la riqueza de sus orígenes. Sigue tu lectura para una excursión al país de las sombras y los espíritus…

Samaín, el Año Nuevo celta

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El fin de la cosecha y el principio de las Tinieblas

Es fuertemente probable que Halloween encuentre su fuente en una fiesta tradicional celta, llamada Samaín Samhain. Una fiesta bien diferente de la que conocemos hoy en día…

Pronunciado “sah-win”, según la pronunciación gaélica, Samaín marcaba el fin del año celta. Más precisamente, correspondía a la transición entre la mitad luminosa y la mitad oscura del año. Un periodo en el que las actividades agrícolas, económicas y sociales se ralentizan, donde los días se acortan y enfrían.

La fiesta de Samaín era obligatoria para todos los miembros de la comunidad (¡bajo pena de ejecución!) y duraba probablemente siete días. Se celebraba hacia finales de octubre en el momento de la luna llena.

Los tres primeros días se consagraban a honrar los héroes y los muertos. Los días restantes eran para las celebraciones, en las que se practicaban juegos rituales y se disfrutaba de hidromiel y carne de cerdo, un animal sagrado para los celtas.

Pero el Samaín era también la ocasión de celebrar el final de la cosecha en los campos, y el momento de prepararse simbólica y concretamente para el invierno. Así, una vez recogidos los preciados cereales, se almacenaban en reservas. Luego se reunían alrededor de los druidas locales para instaurar el “nuevo fuego”.

Se encendía entonces un inmenso fuego en la plaza del pueblo. Cada familia se llevaba una “parte” de este fuego a sus casas con antorchas para encender su propio hogar. Haciendo esto, el nuevo y protector fuego se compartía para el conjunto de la comunidad.

Durante el Samaín, los rebaños también se traían de los pastos. Algunos animales se sacrificaban para almacenar la carne, y el resto del ganado se ponía a cubierto. Tradicionalmente, los rebaños se pasaban entre dos hogueras para ahuyentar a los malos espíritus y asegurar una vida larga y abundante a las familias.

Una fiesta en honor a los difuntos

Como mencionamos más arriba, los celtas veían el Samaín como el pasaje a las tinieblas, la “mitad oscura” del año.

Espiritual y simbólicamente, este vaivén en las sombras no era ni diabólico ni maléfico, como decidió más tarde la Iglesia católica. Se trataba para toda la comunidad de transicionar hacia el aspecto meditativo e introspectivo de la vida. Una dimensión más “interior” representada en la Naturaleza por el otoño y el invierno.

De esta manera Samaín era para los celtas el momento de dirigirse a las dimensiones ocultas de la existencia. Para invocar el pasado y honrar a los muertos, antes de retirarse a sus hogares hasta el renacimiento de la primavera.

Esta fiesta correspondía también al momento del año donde el velo entre el mundo de los vivos y el de los muertos era más tenue. Durante este periodo, los vivos podían visitar sus difuntos y viceversa.

Las familias encendían una vela que colocaban al lado de la ventana para guiar a sus muertos. También proporcionaban un plato adicional para las almas hambrientas.

En cuanto a los druidas, dirigían ceremonias en honor al “Inframundo“, una dimensión invisible donde estaban los espíritus y divinidades. Daban las gracias a los desaparecidos, pero también a los dioses y diosas, por su ayuda y beneficios a lo largo del pasado año.

De Samaín a Halloween

La intervención de la Iglesia

Con la cristianización de la Europa del siglo VI al X, el Inframundo fue progresivamente asociado al Infierno por la Iglesia. Las divinidades celtas se convirtieron en manifestaciones del Diablo.

En realidad, todas las tradiciones y culturas paganas fueron ardientemente combatidas por las católicas. Estas las consideraban de hecho como prácticas diabólicas a prohibir. Buscando primero eliminar pura y simplemente estas tradiciones, la Iglesia trató de prohibirlos condenando sistemáticamente todo lo que se desviaba de su doctrina. Se destruyeron los templos paganos y se prohibieron las prácticas no cristianas.

Sin embargo, al comprobar que la espiritualidad celta permanecía a pesar de sus esfuerzos por aniquilarla, la Iglesia emprendió entonces un proceso de asimilación destinado a integrar sus prácticas y su mitología en la religión cristiana. Algunas deidades paganas se convirtieron gradualmente en representaciones de Cristo. Otros, por el contrario, fueron relegados al rango de súbditos del Diablo.

En el 835, el papa Gregorio IV eligió la fecha del 1 de noviembre como día de celebración del conjunto de santos del catolicismo. Así nació el día de Todos los Santos, que fue sustituyendo a Samaín a medida que el cristianismo se extendía por Europa.

Pero los ritos paganos no habían dicho su última palabra…

Nabos convertidos en calabazas…samaín

A lo largo de los siglos, las tradiciones y creencias paganas heredadas de los celtas persistieron en las costumbres pero de forma discreta. El día de Todos los Santos dominaba el calendario de una Europa de aquí en adelante mayoritariamente cristiana.

Es además en esta celebración religiosa que encontramos los orígenes de la palabra Halloween: la fiesta de todos los santos, the eve of all hallows, se convierte poco a poco en All Hallows-Even, y luego en Halloween.

El Halloween que nosotros conocemos hoy en día comenzó a tomar su forma moderna a lo largo del siglo XVIII, en Irlanda y Gran Bretaña. Los irlandeses, animados por el deseo de federarse en una cultura comuna, despertaron las tradiciones y el imaginario de sus ancestros, los celtas. Progresivamente, desarrollaron su propio folklore, mezcla de elementos paganos y cristianos.

De esta manera la leyenda más célebre con origen de nuestro Halloween contemporáneo es el de Jack-O-Lantern. Jack, un ladrón desterrado del paraíso y del infierno y condenado a errar bajo una forma espectral en la Tierra, vuelve cada Halloween para atormentar a los vivos.

Para espantarlo o rendirle homenaje, los niños y los jóvenes de los pueblos británicos e irlandeses tallaban farolillos aterradores en los nabos. Disfrazados y ataviados con sus jack-o-lantern, recorrían las calles es búsqueda de golosinas o para hacer algunas bromas a los adultos. De ahí la famosa frase de trick or treat, “¡truco o trato!”.

Con la emigración masiva de irlandeses a los Estados Unidos a lo largo del siglo XIX, estas costumbres se difundieron en el Nuevo Mundo. Brujas y fantasmas acogieron poco a poco a vampiros, zombies y otros monstruos en sus puestos. En cuanto a los nabos, se metamorfosearon en calabazas, más fáciles de vaciar para la confección de las jack-o-lanterns...

Aún a día de hoy, la magia de Samaín y de Halloween planea aún por encima de los tejados, cuando octubre vuelve a hacer su aparición. ¡Como en tiempo de los druidas, rituales ocultosvisiones espectrales celebraciones en honor a los difuntos hacen las delicias de los jóvenes y de los no tan jóvenes!

Y tú, ¿cómo celebras Halloween?

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